martes, 7 de junio de 2011

CRONICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA


Érase una vez una familia que vivía en una pequeña casa de un solo piso al sur de la ciudad de México, en esos años cuando todavía se podía vivir con tranquilidad. Recuerdo que en la casa, las actividades lúdicas se hacían en el patio, adentro se daba lo formal. No se si esto sea la razón del por qué la casa la recuerdo muy oscura y lo único que vislumbro es un baño con una tina con patas. Nos mandaban a dormir muy temprano, con todavía luz de día y como en aquel entonces eran tiempos de obediencia ciega, pues ni modo sea dicho, lo hacíamos sin rezongar.

No sé si también a ustedes les pase, pero mis recuerdos, sin el apoyo de las fotografías, no son muy claros y eso a veces me pone triste por no acordarme de muchas cosas bellas que viví en mi infancia.

Había un evento extraordinario que se daba cada vez que mi papá podía: Ponernos la alberquita inflable. Era todo un rito; Primero, colocar en el piso de cemento, periódico para que no se cortara el fondo de plástico de la alberca. Después, con una bomba manual, la inflábamos, un rato cada uno, claro que mi papá era el que más le daba, hasta que por fin quedaba durita. Y por último, con una manguera la llenábamos de agua. A veces invitábamos a mis primos a nadar en nuestra “piscina”, en esos días cuando el calor nos obligaba a hacerlo. Según unas fotos, fuimos hasta diez o doce niños gozando al mismo tiempo del chapoteadero.

Los recuerdos de los regalos en navidad son muy pródigos, Santa Clos nos quiso y nos quiso bien. Bicicletas, triciclos, muñecas, maletín de doctor con el que nos poníamos a jugar con mis primas. Carritos, juegos de armar que nos despertaron la imaginación y la convivencia. Pobres de los niños de hoy que sólo tienen juegos electrónicos que los hacen sedentarios y hasta veces autistas.

No importaba la marca de las cosas, la mercadotecnia todavía no aparecía en el mapa, y la TV apenas empezaba a desarrollar una insípida programación en blanco y negro que no despertaba interés. Los juegos se daban en grupo, y como nosotros éramos seis, siempre había con quién jugar.

Las cosas importantes las recuerdo en bloques: El patio de mi primera casa que me cobijo mi infancia, la segunda y pequeña casa con tres niveles que fue testigo de mi adolescencia, mis escuelas, las idas a casa de los abuelos y parientes, los viajes al mar de Colima y otros menos frecuentes a un hotel muy bonito en Cuernavaca.

Eso fue algo de la vida en familia de mis recuerdos, la mayoría de éstos podría catalogarlos de agradables, algunos como todo en la vida, no lo fueron tanto. Pero dicen que todo por servir se acaba, o que nada dura para siempre y creo que en las familias se da algo parecido. El concepto de familia termina como en dos etapas: Empieza cuando fallece el primer padre y termina con la orfandad de la muerte del último. Salvo que uno de los hermanos tome la batuta y sustituya el liderazgo de los padres, sino la familia simplemente muere.

Existe un último evento familiar, que en la mayoría de los casos, destroza a las familias. Hablo de las herencias, del reparto mezquino de los trapos, muebles y baratijas. Me pregunto cuántos notarios han sido testigos de los pleitos familiares por las herencias, en donde aparecen parientes nuevos o muy lejanos o simplemente los participantes no guardan compostura en el reparto.

El titulo de este post se lo volé a García Márquez, aunque el contenido de la novela no corresponde con mi historia, pero creo que el enunciado lo dice todo:
“Crónica de una Muerte Anunciada”. Aunque no esperamos la orfandad completa, la muerte ya ronda en la familia. Cada hermano por su lado. Unos se fueron a radicar a otras ciudades y como dice el dicho: “Santo que no es visto, santo que no es venerado”, otros simplemente se alejaron. Claro que en ningún precepto dice que las familias deben continuar unidas, pero cuando uno establece un valor en el concepto de familia, es padre no romper esos lazos.

No podemos luchar contra algo que naturalmente muere, sólo nos resta cada quien en los individual, mantener la amistad, de él o los que queramos.

Es cuanto

2 comentarios:

silvestre dijo...

Esta historia me gustò, tiene el sabor de no pretender nada màs que comunicar un sentimiento, y lo logras. Un abrazo.

Miguel Matus dijo...

Gracias Silvestre, desde hace rato tenía ganas de decirlo, me ayudo un poco Gabo.