viernes, 23 de mayo de 2008

Hablemos de la amistad


Hoy quiero hablar de la amistad, pero no de esa amistad representativa, fría y general. No de esa que viene en los libros de autoayuda ó de crecimiento personal, o la de esos correos constantes, que si no los mandas a quince “amigos” más, tu alma se irá al infierno. ¡No! De esa no quiero hablar.

Quiero hablar de la amistad con nombre y apellido. Esa que es muy probable que no pase de cinco personas. Esa que me hace recordar, reír y llorar. Donde yo puedo ser yo mismo y no tengo que aparentar. Donde más que amigos somos hermanos. Donde gozo con sus éxitos y lloro con sus tristezas.

Recuerdo por hay de 1960 cuando entre a la primaria del Colegio México. Ahí conocí a mi mejor amigo:
Nacho Torreblanca
Siempre en el recreo nos juntábamos una bolita de cuates, entre ellos: Gerardo López, Jorge Iturbe y por supuesto Nacho a jugar espiro (recuerdo que nos amarrábamos el suéter al puño para pegarle más fuerte). Nos reuníamos a platicar, a pasar el rato antes de que entráramos a la siguiente clase.

Una de las cosas que yo admiraba de Nacho eran sus enormes nudillos. Parecían como esos aparatos que se ponen en las manos los mafiosos de las películas, para maltratar a golpes, los rostros de sus enemigos. Eran de Nacho sus armas de pelea.

Cuando alguien tenía broncas dentro del colegio, para que no fueran a ser castigados, la solución obligada era acordar el duelo: “a la salida en Flora”. (Flora era la calle oficial de los duelos). Se corría la voz y todo mundo sabía que a la salida habría pelea. A veces yo no me enteraba del evento boxístico callejero del día y cuando a la salida pasaba por Flora y veía una bolita, me acercaba poco a poco, con la sorpresa de que era mi amigo Nacho el que se estaba peleando.

Tenía fama en la escuela de buen peleador y a veces retaba o se enfrentaba con contrincantes mucho más grandes que él. Me gustaba su compañía porque éramos audaces. Claro, él era más audaz que yo, pero siempre fui buen alumno y mi audacia no se quedaba atrás.

Cuando salimos de sexto de primaria, nos echábamos nuestros primeros cigarritos, en la esquina del colegio. Ni sabíamos darle el golpe, pero ya nos sentíamos grandes.
Ambos éramos deportistas, el un gran velocista y yo lanzador de bala, de hecho competimos una vez, en juegos nacionales.

Recuerdo su casa de Celaya No. 8, en la Colonia Hipódromo Condesa. El patio con el espiro. La maqueta enorme con el trenecito que hizo su papá. Las batallas campales en donde nos aventábamos patines de ruedas. El barandal de la escalera que nos servía de resbaladilla y el sillón debajo de ésta que nos amortiguaba las caídas desde el piso de arriba. Y por supuesto, el aguante y paciencia de su mamá.

La recuerdo con cariño. Tocaba el piano. Un piano negro y brilloso , cubierto con carpetas antiguas de flecos. Arriba del piano, en la pared, el cuadro de Beethoven que hizo su papá. Admiraba los cuadros de don Juan. Me gustaba la pintura, creo que mi abuelo José me despertó el interés por ella. Esa casa me trae bellos recuerdos de nuestra niñez, siempre amarilla, siempre acogedora, siempre de nuestra infancia.

Un día, a Nacho se le ocurrió organizar un “Safari” en el parque, no recuerdo si fue el México o el España. Con rifles de municiones y cascos de cacería, emprendimos la búsqueda de nuestras presas: los pobres pajaritos. No llevábamos mucho tiempo en la travesía cuando de repente, un señor de traje se nos acercó, nos arrebató los rifles y nos dijo que nuestros papás tendrían que ir a recogerlos en la delegación de policía. Acabo nuestro fugaz “Safari”, con el regaño de don Juan.

Otro recuerdo del parque fue una vez que estábamos con las bicicletas, y de repente muchos tipos nos rodearon. Sacaron una pistola, me la pusieron en la sien y a Nacho entre varios, lo golpearon. ¡Teníamos un coraje!, ¡una impotencia!, porque la verdad eran muchísimos los agresores. Nos encaminamos al despacho para contarles lo sucedido, pero cuando regresamos al parque, ya no había nadie.
Ese parque, lleno de recuerdos, de paseos en bicicleta, de amigas, de “Safaris”…

Imagínense si éramos inquietos de niños, de adolescentes lo fuimos más. Falsificamos, de la cartilla original de su hermano José - que era uno o dos años mayor que nosotros - y nos hicimos cartillas para todos. Las usábamos para entrar a los cines, para ver películas de adultos. Una de ellas, recuerdo fue: “Nacidos para perder”.

Otra aventura interesante, fue cuando Nacho me “invito” mi primera experiencia sexual. Tendría como trece o catorce años. Levantamos una prosti gorda y fea, tal vez de las calles de Juanacatlán, no lo sé de cierto, y me la lleve a un hotel. Sólo recuerdo: Media luz. Un brassier negro sin quitar, porque la mujer gorda tenía gripa. Una revista que ella leía mientras yo experimentaba mi primera vez. Afuera un poste solidario me aguardaba, para acompañar mis lágrimas adolescentes y Nacho mi amigo, que me esperaba en el coche.

Hablando de la audacia de Nacho (que era más que la mía), un día, ya tarde, se atrevió a sacar el coche de su papá para irme a dejar a mi casa. Todo iba bien, lo malo fue que sus papás llegaron antes que él, y le pusieron una regañiza.

Recuerdo que a veces andábamos en un vocho negro, que lo usaban en el despacho para la cobranza. Fue tal vez nuestro primer coche de correrías adolescentes.

Fueron muchas las veces que salimos de paseo y aventura. Crecimos vecinos en nuestra infancia, adolescencia y juventud. Llegamos a la universidad juntos, en la carrera de Contaduría Pública de la Ibero, allá en Churubusco. Sí, la que se cayó. Sólo fue un año, porque descubrí que no era mi carrera y me di de baja.

Unos años más tarde, me case. Nuestros caminos se dividieron, porque cada uno tenía su mundo, su familia, sus intereses. Llegaron los hijos, y posteriormente los hijos de los hijos. También se fueron algunos: su mamá, y con ella su música de piano y su pintura. Mi papá (que llegó a ser también amigo de Nacho). Le lloramos juntos al viejo, afuera del hospital ABC y después en Gayosso.

Y paso el tiempo sin vernos. Sólo había las permanentes llamadas en los cumpleaños y nada más. Pero la vida es así, caprichosa e inexplicable.

Hoy, a cuarenta y ocho años de distancia, con canas, con nietos, con alguna que otra arruguita, la amistad sigue inconmovible. El cariño se siente de antaño igual. El tiempo no pasa con la amistad - se estaciona, a veces en lugar prohibido - pero se queda quieta y aguarda.

No importa que nos hayamos conocido cuando teníamos seis o siete años y ahora contemos con cincuenta y tantos. No importa que haya habido largos lapsos de lejanía. La amistad se da en nuestras almas y ellas no tienen edad. Por eso, en nuestros abrazos de hoy, refrendamos nuestra amistad de siempre.

Y para mi, el Nacho abuelo de hoy, seguirá siendo el Nacho con nudillos grandes que se peleaba a la salida del colegio, en “Flora”. Seguirá siendo, el mismo Nacho de recuerdos y correrías, el mismo Nacho de hoy.

Gracias por tu amistad de ayer, de hoy y de siempre.

Tu amigo Luis Miguel
(Alias Miguel)

miércoles, 7 de mayo de 2008

Madre hay más de una...


Desde un ángulo genérico, los hombres sólo “entendemos” parcialmente la maternidad, tanto por su naturaleza, como por su gestación. Para las madres el amor de los hijos es incondicional. “Sacrifican” su vida por sus hijos y en algunos casos, con esta actitud, hasta los echan a perder.

Pero bueno, esa es la ley de la vida y lejos de entenderlas, hay que amarlas simplemente. La madre, en toda la extensión de la palabra, no sólo es la que nos da la vida, sino que a veces da su vida por los hijos. Se consagra por su bienestar, con sus desvelos y cuidados.

Pareciera ser que en nuestra sociedad cada quien “debe” festejar SOLO A SU MAMA. No, la esposa no es la mamá, pero es la madre de sus hijos (bueno, los que estén seguros, que la festejen, y los que no, pues sólo a su mamá).

El 10 de Mayo o Día de las Madres, no sólo se “debe” festejar a la madre de uno, sino también a las abuelas, a la esposa y ex-esposa con hijos, a las embarazadas primíparas, con marido y sin marido (madres solteras), a las madres que adoptaron, a los papás sin esposa, a las abuelas olvidadas, cualquier persona, hombre o mujer, que haga las faenas de madre.

martes, 6 de mayo de 2008

Próximo día de las Madres


Mi primer soplo de vida se fue formando cuando mi alma tomo posesión nuevamente de un cuerpo. Ahora tocaba el turno a un cuerpo masculino que tendría por nombre Luis Miguel.

Días más, días menos, estaríamos hablando alrededor de la segunda quincena de Abril de 1952. Y la vida me acogería en el seno placentero de mi madre María Teresa. Mi primer “hogar” natural que protegía mi desarrollo.

Quietud, silencio, aceptación, amor, buena cepa, arrullo materno, seguridad y confianza, fueron algunas de mis primeras sensaciones inconscientes de mis primeros 9 meses.

Etapa de gestación que imprime los primeros sellos de personalidad, que en mi caso, fueron inmejorables. Por eso, gracias madre por permitir desarrollarme en ti.

El 16 de Enero del 53 y derivado de las condiciones de excelencia, nací con una sonrisa que me acompañaría por el resto de mi vida. No es que yo la recuerde de cierto, sino que en las fotografías de mi infancia aparece como un sello distintivo.

Y transcurrió una niñez feliz, despreocupada, haciendo lo que sólo un niño debe hacer: descubrirse, conocer el mundo, jugar aprendiendo y aprendiendo a jugar. Por eso, gracias madre por regalarme esa sonrisa.

Y seguiría una adolescencia intensa, llena de dudas, inquietudes y sin sabores. Una adolescencia inconforme y rebelde, sello muy personal que me daría libertad e impulso de búsqueda de la “verdad”. Una época atrevida, desordenada, vital y totalmente inconsciente. Por eso, gracias madre por aguantar mis locuras y rebeldías.

Más adelante, una juventud y madurez sensatamente llevadera, que sería plataforma y cimientos del sentir de mi vida. Una época de correcciones y ganancias, que me permite convivir con el amor de mis nietos. Y mejorar con creses, la condición de padre a abuelo. Por eso, gracias madre por enseñarme la unión de la familia.

Y un continuar acercándome al gusto por la vida. A saborear y degustar lo que bien vale la pena. Una hermosa compañía y disfrute del momento, un seguir aprendiendo. Una consciencia plena de las emociones y sentidos, así como de los valores y creencias. Por eso, y por mucho más, gracias madre por permitir acompañarte en tu último sendero.


Luis Miguel

miércoles, 30 de abril de 2008

Caminando arquitecturas con mi tío Jorge


Como el tiempo se entremezcla con los recuerdos y le damos color a aquellos momentos gratos y placenteros. Y me estoy refiriendo a Jorge mi tío, a Jorge el Arquitecto, a Jorge el “Juegarayuela”, a Jorge el esposo de Hada, a Jorge el “ausente”.

Tendría menos de diez años, cuando miraba admirado en Carracci, el restirador lleno de escuadras, gomas, lápices y manos venosas de herencia Clotás, que cuidadosamente dibujaban los planos y esculpía en plastilina verde, rostros y figuras casi perfectas.

El ambiente fue marco de mis ideales, y pensaba que cuando fuera grande, sería como él y su hermano Héctor: Arquitecto. Desde entonces sentí afecto por la UNAM, por los suéteres sueltos con una inicial bordada, por las motos, por todo lo que significaba ser “grande”.

Más me gustaba el trato de iguales que Jorge nos hacía sentir a los sobrinos chicos. Nos llevaba de vez en cuando de campamento. Una vez, Andrés mi hermano se resbaló y cayó en un barranco. Mi tío Jorge al verlo caer, apretó mi mano y no la soltó hasta cerciorarse de que no le había pasado nada, solo mi mano enrojeció. Fue emocionante e intenso compartir con los “grandes” esas aventuras.

Que lástima que mi memoria no sea mi aliada y en el olvido dejo tantos momentos bellos. Recuerdo sí, cuando Jorge y Hada iban a la casa de mi mamá, en Villa Verdún y en Anaxágoras. Eran unas sobremesas llenas de juegos y risas. Y a los Olvera les gustaba hacer una que otra trampita.

Ahora, y antes de que el Jorge de siempre se ausentara, las arquitecturas, los paseos, las sobremesas, las trampitas Olvera, las rayuelas con estilo, quedaran en el recuerdo de un capitulo especial: El de mi tío Jorge García Olvera.

Luis Miguel

domingo, 27 de abril de 2008

Almas escondidas que se fueron antes de partir

Dicen que somos lo que creemos ser.
Y creo y también siento, que soy y tengo un alma.
Un alma que me hace ser yo, en cuerpos prestados que cambia constantemente, cuando cambian mis reencarnaciones y mis tiempos.

Un cuerpo que puede ser hoy de hombre, mañana de mujer, más adelante de animal y en otras, no sé que tantas cosa más. Un alma que se manifiesta con la mente, con las emociones, con las creaciones, con las voces manifiestas.

Un alma siempre presente que nos muestra nuestro yo atávico, añejo, cambiante, evolutivo, dinámico, majestuoso, oculto. Un alma invisible que se deja ver.
Creo yo, que si no hubiera alma, seríamos zombis, máquinas, seres muertos en vida, deambulando sin rumbo fijo, existiendo por un no sé que. La individualidad nos la da el alma, nos muestra el progreso o el retraso de nuestro andar. Nos da la belleza de nuestro ser peculiar y nos acerca a entender el por qué de nuestras reflexiones.

Un alma viva, una energía presente, que se desenvuelve acorde a su evolución. Y cómo vamos aprendiendo a conocernos, a distinguirnos, a diferenciar el cuerpo del nosotros. A no venerar lo que no es, y sólo agradecer su funcionalidad corporal.

Todo eso y quizás más es lo que yo creo del alma. Pero, ¿Los tiempos de muerte y resurrección son los mismos del alma y del cuerpo? Qué pasa si el alma se va primero y deja al cuerpo sólo e inservible. ¿Es esto posible?

Pareciera ser que sí, creo que a mi tío Jorge le paso esto. El se fue primero y dejo su cuerpo a su esposa. ¿Para qué? Si el dueño del cuerpo ya no está. ¿Es un desconectarse de la “realidad” y suicidarse a medias? ¿Es una irreverencia a la muerte y burlarse arquetípicamente de las reglas?

¿Es una huida previa y válida? ¿Siempre debemos seguir los cánones, y respetar los tiempos simultáneos de muerte para el cuerpo y renacimiento para el alma?

¿Qué pasa con el alzheimer ó la enfermedad de Pick? ¿Ellas pueden burlarse de la vida? ¿O tal vez los pacientes estén fingiendo y haciéndose los fugados? ¿O sus almas se esconden en la oscuridad de la enfermedad, como renunciando a la vida?

¿Qué puedo yo pensar, cuando un cuerpo no manifiesta su alma? ¿O, cuando un alma no manifiesta su cuerpo funcional? ¿Que sigue ahí sin revelarse, esperando el tiempo de la muerte corpórea? O ¿Ese cuerpo sólo es una ficción y decimos que lo vemos, cuando en realidad no existe?

¿Por qué el alma se fue primero? ¿Por qué el alma engaño con su huída a la vida? ¿Y si no se fue?, ¿Por qué se esconde? ¿De qué se esconde? ¿Es un alma inmanifiesta atrapada en su negación?

Preguntas tras preguntas me llevan mis creencias, algunas aparentemente concluidas, otras apenas nacidas de la ignorancia. No tengo las respuestas válidas y congruentes.

Y hoy sólo con eso me quedo, con la duda existencial de la presencia de las almas escondidas, que como la de Jorge, se fueron antes de partir.

Luis Miguel

martes, 22 de abril de 2008

Reflexión sobre los "abuelos" olvidados


Son los que deambulan dormidos por los pasillos fríos de un albergue ajeno. Los que duermen despiertos en la antesala de los sueños añejos. ¡Ya que importa!, si es lo mismo el día que la noche. Que sea lunes o viernes o fin de semana. Que coman o dejen de comer, ¡que importa!, creo que los sabores han envejecido con ellos o murieron en los sueños insípidos de la noche. Que estén acostados, sentados o de pie, ¡que importa!, si sus cuerpos son ahora zombis intrusos, que al parecer ganaron la batalla. Que los pongan frente al televisor, aunque a veces o siempre, este no sirva, no importa, ya que sus ciegos ojos sólo ven sus recuerdos y a ratos o casi todo el tiempo, ni esos ven.

Esos, que ya fallecieron, pero que nadie se los dijo y continúan ajenos a la vida. Ya no sé si las tristezas los invaden a ellos, o ellos invaden las tristezas de los demás. Esos, envueltos en rutinas aburridas, donde siempre es lo mismo: siempre ellos representando su interminable final.

Esos que ya no conocen ni lágrimas y risas, ni siquiera una leve sonrisa. Con mirada perdida en el mundo de la nada, ajenos, distantes, muertos en vida quizá.

Pero, ¿qué pasa si los interrumpo de su letargo y les acaricio la mejilla? y a su oído les susurro palabras de consuelo. ¿Qué pasa si me atrevo a darles un abrazo cálido y paternal? ¿Qué pasa si no los trato como a idiotas seniles y les regreso su dignidad? ¿Qué pasa si los despierto de su mundo invernal y los regreso a la primavera de sus vidas?

Creo que dejarán la muerte prematura y despertarán como de un mal sueño, de una pesadilla que los hizo prisioneros de sus tristezas. Y volverán a sonreír. Y nuevamente les brotarán lágrimas viejas y se refugiarán en sus recuerdos protectores de su infortunio.

Y con este renacer estarán listos para morir como se debe: a tiempo y con alegría. Estarán preparados para sonreírle a la muerte y el miedo morirá también con ellos. No importará que sólo falten unos días o quizás años para terminar, porque volverán a ellos y recuperarán la oportunidad de cerrar su ciclo.

Eso creo que vale la pena. No importa que sus mentes se hayan ido antes, creo sólo que su alma está dormida y cansada.

Tomémosles pues de las manos y caminemos con ellos su último viaje, es posible que también sea el nuestro.


Luis Miguel García

miércoles, 9 de abril de 2008

Otro aspecto del cambio de horario



El cambio de horario se lleva a cabo dos
veces al año (en primavera y otoño) y su objetivo es el “ahorro energético” aprovechando más la luz diurna.

Se empezó a adoptar desde la Primera Guerra Mundial en Alemania en 1916 y se abandonó a finales de la Segunda.

Es importante tomar en cuenta que el cambio de horario repercute en nuestro ciclo orgánico. En el cerebro existen unos marcadores de tiempo, “tempostatos” que regulan la velocidad de los procesos metabólicos y determinan el ritmo del tiempo subjetivo. Todo esto pone de manifiesto la existencia de un “reloj interno”, de un ritmo biológico que ha dado origen a una ciencia llamada Cronobiología (Halberg).

Con todo esto nos surge una pregunta: ¿Es diversa la duración del tiempo fisiológico comparada con el reloj físico? La conclusión es que “el tiempo físico no coincide con el sistema de las sensaciones temporales” (Ernst Mach).

Una diferencia entre ambos relojes, es que el reloj de bolsillo marca siempre el “presente” y el tiempo psicológico puede marcar un futuro subjetivo. Un ejemplo es cuando nuestro corazón late más rápidamente cuando el reloj interno nos avisa que se acerca un importante momento. Vivimos en el futuro.

Nuestro reloj interno marca las horas largas o cortas en función de dos parámetros personales: a) estado de ánimo; b) circunstancia inmediata a nuestra situación vital.

Con esto pueden ver, por que algunas personas son afectadas por este cambio. Es más sabia la naturaleza que todos los países del primer mundo juntos.