sábado, 9 de mayo de 2009

No se lo vayas a contar a nadie


No le vayas a contar a nadie, pero hoy, deje de necesitarte. Ya no espero que me contestes para saber que ahí estás. Ya ni siquiera reviso mi buzón que me dejaba saber de ti. Ya no me importas, por mí, te puedes morir, porque a fin de cuentas, yo te di la vida.

¿Me preguntas qué, cómo pasó?
No lo sé de cierto, simplemente aprendí a ya no quererte. Nunca me ha gustado depender de nadie, y menos de ti. Hoy amanecí más ligero, más libre, más yo. Hago lo que me place y no espero que tú lo critiques, ya ni tus elogios me importan.

Es como un diario, cómplice de aventuras y secretos. Un diario personal que no comparto con nadie, ni con los que a veces quisiera compartir. Una reflexión en voz alta que alimenta mi consciencia. Un túnel secreto que me invita a recorrerlo de vez en vez, cuando necesite escucharme, cuando necesite leerme.

Ya no te quiero compartir más mis besos, ni mis abrazos, ni mis lágrimas que alguna vez yo te di. Seré a partir de hoy, ya no tuyo. No sé si llegó a ser una posesión, ó tal vez sólo lo imagine. No importa, ya no estás en mi espera.

Al escribir, dejaré sentir mis caricias volátiles libres. No sabré, ni con el contador, si llegaron a algún lugar. Podré creer que llegaron a algunas estrellas lejanas, algún asteroide perdido, algún extraño invidente, no lo sé, porque he dejado de querer saberlo. Simplemente seguirán saliendo sin destino, sin rumbo, sin nombre y tal vez los fantasmas se encarguen de llevarlos al mundo de la nada, y con ello estaré meramente complacido.

Ya te lo he dicho, pero no se lo vayas a contar a nadie: hoy deje de pensar en ti. Me veo menos exigente, pero no por eso menos claro y menos comprometido. Seguiré diciendo lo que hasta hoy he dicho. Hablaré sobre la necesidad de reflexión que hoy veo como urgente. Es un grito a la consciencia, una llamada de atención a tu apatía, un señalamiento gratuito a tu dormido interés.

No importa que no te llegue, no importa que no lo veas, el haber nacido mantiene una energía vital en el ambiente que no puede, ni extinguirse ni cambiarse. Si yo la cree reflexiva no puede terminar en una idiotez.

Por eso quiero seguir lanzando invitaciones de reflexión a la consciencia,
sin esperar que alguien me conteste. Por hoy, es todo lo que quiero decirte, y nuevamente te digo: no se lo vayas a decir a nadie.

Es cuanto.

martes, 5 de mayo de 2009

“EL COLOR DE LA NANA-JAI Y LA EDUCACIÓN DEL PUEBLO HNÄHÑÚ”


Hoy y después de un lapso de casi dos meses de no estar presente por esta ventana bloguera, vuelvo a las andadas de la reflexión. Les hablaré, mis fantasmales lectores imaginarios, de: “EL COLOR DE LA NANA-JAI Y LA EDUCACIÓN DEL PUEBLO HNÄHÑÚ”. Se preguntarán, y con toda la razón, que es eso que suena tan, tan… originario. Es el título de la tesis doctoral de un querido tío (José Edmundo Miguel Agustín García y Olvera) de por allá de la tierra purépecha de Querétaro.


En ella nos narra la experiencia vivencial con los Pueblo-Nación de Abya Yala (America) y en especial con el Pueblo Otomí del Valle del Mezquital (Pueblo- Nación Hñähñú). El descubrir como su educación está en armonía con la naturaleza, dándose con profunda espiritualidad alrededor del “Fogón” del hogar.


También nos cuenta del cariño a la Nänä –Jaí (Madre Tierra), y de los cosmo-cimientos atávicos de los originarios. Nos cuenta como en la educación de los pueblos ancestrales todo gira alrededor de la vida, de la vida en armonía. Del amor y respeto que ellos han tenido siempre con la naturaleza, la Nänä-Jaí. Madre Tierra. El valor del aprender haciendo, de la experiencia y vivencia. De la sabiduría de los ancianos. De los secretos de los curanderos en torno a las propiedades de la flora y los beneficios de la fauna. Del cómo despertar y vivir la solidaridad y contra-restar el individualismo que se nutre de la competencia.


Nos expone cómo el Sistema Educativo Nacional maneja un proyecto que excluye, que discrimina, que margina, soslayando la sabiduría y riqueza de los pueblos originarios. Sistema “diseñado no para formar ciudadanos, sino para entrenar siervos” (Juan Malda).


Y nos sigue contando muchas historias y anécdotas que sería interminable de narrar, sólo quiero no dejar en el tintero dos cuestiones importantes: Una es tomar algunos fragmentos de los comentarios sobre la tesis que la Dra. Jacqueline Zapata M., Sinodal Presidenta expuso.


Habla la Dra. Zapata sobre la tesis: “Es una tesis que desde el principio entreví como un rayo de luz, de luz férrea, tan radiante como el sol. Una tesis que pinta, que revela el color de la tierra, que en su tejido muestra sutilmente lo que es, una oda a la tierra, a la tierra otomí, a la tierra de Abya Yala. Un texto que le honra, que rinde culto a esta tierra. Y así un canto a la morada que es don, a la casa que nos ha sido dada – lo cual por principio cabe agradecer, opción tan propia del pueblo Hnähñú”.


Y continúa la Dra. “Estimado Mtro, al oír el sonido de las letras, el decir procedente de las palabras de su tesis, me ha parecido que quería dejar escuchar lo inaudible – en el México, hacer ver lo no visible en lo visible. De ahí su crucial lucha con los epistemicidios y con el poder que tienden a enarbolar. De ahí su lucha convincente con la penuria instruccional, en la cual se pretende por sistema, por oficialidad aún sujetar a un pueblo que no lo requiere, porque no es necesario, sino, lo otro, esto es, es sencillamente libertario”.


También, nos habla de la educación del pueblo otomí: “Una educación que cual creación poética, deviene poema, poema de amor, luz de sol. Luz de amor, del amor que es verdad, bondad, belleza sin par. Una educación que cual trazo de sabiduría – que no de epistemología, como gusta Ud. exaltar, Mtro. Miguel – no se da por lo ya sabido o aprendido, porque nunca es punto de llegada, siempre punto de partida.


Y finalmente habla sobre el Mtro. Miguel: “Su lucha – a través de la palabra – sí que ha sido tenaz y esto en un sentido – justo es decirlo esperanzador. Es la lucha de un creador, de un poietai, cuya tarea es tan inocente como riesgosa. Riesgo que no obsta para comprometer toda su vida. Mtro. Miguel, me parece que eso es lo que es Ud., un ser humano comprometido con su tierra, responsable por el ser del otro, del hermano, del congénere…”


La otra cuestión importante que quiero comentarles, además de quedarme gratamente impresionado por la poética respuesta de la Dra. Jacqueline, es decirles mis impresiones, no como juicios u opinión racional, sino dejar hablar a mi alma:


… en el transcurso de la presentación doctoral poco a poco fui dejando de pensar, inclusive deje escapar dos que tres lágrimas que acompañaron la emoción de mi tío. Oí con mi corazón atento el canto del pueblo otomí, saber su amorosa educación alrededor del Fogón que reafirma su cosmo – ser. Hogar otomí donde el fuego simboliza la luz que ilumina el camino de la vida y el calor que mantiene vivas las tradiciones orales. Se oyó para el Mtro. Miguel el mote de: Tlamatini.


Por último, termino compartiendo de los pueblos originarios su grito reivindicador: ¡NO MAS UN MEXICO SIN NOSOTROS!

Es cuanto

domingo, 15 de marzo de 2009

¡Los Viajes Ilustran!


Por fin me encontraría con mi hermano en la explanada de la Alhóndiga de Granaditas. Habíamos estado hablándonos por el celular pero no coincidíamos. O el estaba en León o yo estaba visitando lo tradicional de la ciudad de Guanajuato.

Poco nos vemos, tal vez unas dos veces por año y nuestra comunicación se ha convertido en un simple y frío vínculo cibernético y telefónico. No hay como el abrazo fraterno de palmadas que dicen te quiero, y ese mirar más allá de los ojos, hasta casi los afectos y esa cercanía que mide las expresiones que salen de la emoción.

Claro que el celular es muy útil, tal útil como para que se faciliten los encuentros…
Suena el mío, ¿Dónde estás?, Ya estoy en la Alhóndiga.
Rastreo visualmente el panorama y rápidamente doy con el. Pero no fueron mis ojos los instrumentos para hallarlo, fue la energía que percibí.

Es como dejarse ir, sin pensar, sin utilizar mucho los sentidos. Dejar que la intuición o el instinto funcionen. Estaba ahí, a un costado de la Alhóndiga, con el celular pegado al oído, con una sonrisa que no le pude distinguir por la distancia, pero sabía que sonreía.

Tantas veces me han dicho que la “sangre llama”. Que el haber nacido y crecido de la misma familia crea vínculos y afectos. Distingue los extraños, de los cercanos consanguíneamente. A veces no lo he creído tan de cierto porque podemos referirnos también a los afectos de amigos y parientes escogidos. Pero hoy, en la Alhóndiga, con cientos de personas extrañas, yo sabía exactamente donde se encontraba mi hermano.

Nos acercamos y con un abrazo, refrendamos nuestros afectos. Fuimos a comer, paseamos por el mercado, nos intercambiamos información pendiente y al final, en una alegre plazoleta, nos despedimos.

Un encuentro breve a la distancia, que me enseño apreciar, no se si fue su soledad, su tristeza o tal vez su alegría. Lo vi tan de cerca, como tan de cerca se puede ver el alma. Lo toque, empatice su alejamiento y me hice amigo de su andar distante.

Que inconscientes frecuentemente somos, que dejamos de caminar saboreando la miel de la vida. Sin darnos cuenta de los detalles que nos hacen ser lo que somos. Estar en lugares en donde, antes o después, suceden cosas muy significativas e importantes.

Como por ejemplo, recordar que en la Alhóndiga de Granaditas estuvieron colgadas. Si, ¡Colgadas!, para exhibir los símbolos del poder, durante 9 años y 8 meses las cabezas de cuatro hombres que lucharon por la independencia de México: Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez.

Me preguntarán mis fantasmales lectores, ¿Qué tiene que ver el suceso histórico de las cabezas colgadas en la Alhóndiga con el encuentro con mi hermano. Pues nada. Pero salió a colación el estar concientes de nuestro andar. De no caminar como idiotas por la vida, como turistas típicos que sólo ven lo que les dejan ver. Dejarse sentir el respeto y la admiración por la lucha de algunos hombres. Dejarse sentir la filiación amorosa por algunos cercanos.

Como por ejemplo, otro detalle vivido en mi viaje a Guanajuato, fue cuando estábamos en el Callejón del Beso, si, ese callejón angosto donde los niños autóctonos cuentan la historia de Romeo y Julieta guanajuatense. La del amor de Carmen, rica española, con Carlos, minero pobre. Por la corta distancia de sus balcones, se besaban a escondidas de sus padres. Una noche, ¡chin, que los cachan!, y el padre de la doncella, con una daga española, mata a su hija delante del novio. Shakespeare también lloró esa noche.

Pero a lo que voy, es ver a la gente en ese lugar. Van muchos chavos de primaria y secundarias en visitas guiadas. Aprovechan para besar públicamente a la novia o al novio, cuando son heterosexuales y a la pareja, cuando son homosexuales. Se vive un ambiente de relajo, ¡Que importan las leyendas! Lo importante es sonreír y besar. También, gozar con porras y gritos el beso prolongado de dos viejitos enseñando la pasión. ¡Eso es un beso y no chingaderas…!

Por hoy, mis queridos lectores imaginarios, solo me resta decirles que: ¡los viajes ilustran!, viajemos pues. Saludos, y ¡Viva Guanajuato!

viernes, 20 de febrero de 2009

¡Quememos las Burkas!


¿Qué decir de las mujeres en el Régimen Talibán de Afganistán, de antes y quizás hasta de ahora? ¿Qué se sentirá ser mujer ahí adentro de su burka? De por sí, que las mujeres en el mundo, viven en un sistema dominado por los hombres, allá, en esas tierras, pasan a ser tratadas, peor que animales.

Pareciera que sólo son féminas escondidas que deambulan por los caminos polvosos de esas calles destruidas por la guerra y la pobreza. Fantasmas que esconden su ser, porque para ellos y PARA ELLAS, lo que son, no puede verse a los ojos de la “decencia” y la permisividad social.

Costumbres, creencias religiosas, “formas de vivir”, formas de esconder. Esconder lo que para algunas religiones es pecado: El cuerpo, sobre todo el femenino, que es el pecado mismo, según ellas. Sé casi nada de las costumbres en Afganistán, pero creo que los humanos tenemos rasgos comunes en general, sin importar el origen étnico. Las mujeres, son mujeres aquí, en Afganistán y en cualquier parte del mundo. Quiero decir con esto que no creo que las mujeres talibanes sean como las extraterrestres mujeres, ¿Verdad? Claro que el territorio marca y determina nuestro pensamiento y nuestro actuar, pero son esos rasgos comunes los que nos hacen ser humanos. Pero con los Talibanes se observa la ignorancia de un mundo, que de un lado machista y misógino actúa “dominando” y del otro, las “dominadas”, las que visten con su burka.

La ropa marca la moda, cubre el pudor, protege del clima, establece un estatus, define características culturales, marca libertades y enclaustros. La ropa habla por sí misma, pero también a veces calla.

La piel necesita que la acaricie el sol y el viento. Los cuerpos nacieron para tocarse, para acariciarse, a veces hasta para dejarse ver. Por eso amo a Dios, porque Dios es un cachondo. Dios creo el cuerpo, y a éste le puso el ingrediente del placer. Nuestra naturaleza humana es más que corpórea, pero corpórea al fin.

Te voy a compartir, lector imaginario, algunas de las restricciones impuestas por el régimen talibán a las afganas, según la denuncia de la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA):

- Las mujeres sólo pueden trabajar en su casa.
- Cualquier actividad que hagan fuera de su casa debe ser acompañada por un pariente cercano (padre, hermano o marido).
- No pueden ser atendidas por médicos hombres.
- No pueden estudiar en ninguna institución educativa.
- Tienen que vestir obligatoriamente un largo velo (burka – no de colores vistosos), si no lo hacen serán azotadas.
- Lapidación pública a mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
- No se pueden pintar las uñas, si lo hacen, pueden amputarse los dedos.
- No pueden hablar con ningún hombre que no sean su mahram (pariente cercano).
- Un hombre no debe oír los pasos de una mujer (tacones).
- No puede practicar deporte o entrar en cualquier centro o club deportivo.
- No puede lavar ropa en los ríos o lugares públicos.
- No pueden asomarse a los balcones de su casa. Las ventanas tienen que ser opacas, para que desde fuera no puedan ser vistas.
- Las mujeres no pueden ser fotografiadas ni filmadas.

Pero, en esta forma ignorante de sociedad, los talibanes también tienen restricciones que imponen a los hombres, claro no son tan duras como a las mujeres.

Que más les puedo decir… ¡Quememos las burkas!

domingo, 8 de febrero de 2009

" El Niño con Pijama de Rayas"


Nuevamente les hablaré a mis lectores imaginarios de una película. Una película con un final paralizante, escalofriante, que nos deja de una sola pieza, simplemente mudos y obligatoriamente reflexivos.

La historia nace en la novela de John Boyne – The Boy in the Striped Pyjamas - acerca de una visión sobre el holocausto, sobre los campos de exterminio de Auschwitz, sobre las cámaras de gas, sobre la segunda guerra mundial. Una historia más acerca del lado oscuro de la humanidad.

El contrapeso, dos niños de entre 8 y 9 años, en un campo de exterminio, con una diferencia que no influye en sus destinos: Un niño judío que vive dentro (Shmuel- protagonizado por Jack Scanlon). El otro, un niño alemán (Bruno – Asa Butterfield) que vive fuera de la malla con púas. Los une la inocencia infantil preñada de amistad.

Mark Herman capta en su película la voz dramática de John Boyne y le da sentido a través del grito desgarrador de la madre del niño alemán (Vera Farmiga).

A diferencia de la película de Roberto Benigni: La vida es Bella, en la que el padre (Guido) va llevando a su hijo (Jhasua) a un juego en el que sólo ganará si no se deja ver por los “gruñones” guardias alemanes, en un campo de concentración. El ganador recibirá un tanque de guerra. El padre fabrica en la imaginación de su hijo, la historia. En la película: el Niño con Pijama de Rayas la historia nace de la inocencia de los niños.

A los mayores les ciega el deber y la patria. Los ascensos del jefe de familia en la milicia nazi, representados en fiestas familiares de gran pompa. La esposa, orgullosa de su marido, lo sigue ciegamente, sin darse cuenta del engaño. Engaño que le destrozará desesperadamente los principios y valores del éxito. Perderá, no sólo a un hijo. Perderá más que todo, hasta quedarse en un vacío, que es probable que sólo lo supere con la locura.

viernes, 6 de febrero de 2009

" Te acuerdas de..."


¿Se acuerdan mis queridos lectores imaginarios que en mi último post les conté acerca de una viejita que no quiso participar e instigó a varias a no entrar al taller? Pues ahora y aún sin ellas, la sesión pasada fue alegremente rememorativa.

Si, nos fuimos directamente a los recuerdos. Mis alumnas no se acordarán de lo que hicieron en la mañana, pero… son expertas de lo que vivieron hace muchos, muchos años atrás.

Y los papelitos empezaron a pasar. El primero decía:
¿Te acuerdas cuando zurcían las medias?
¡Claro, como no! dijo la viejita en turno. Con un vaso, una aguja, expertes y buena vista, había personas que se dedicaban a arreglar las medias.

¿Con un vaso? Levante la voz, ¿No lo hacía con un huevo?
No, me contestó sonriendo burlonamente por mi ignorancia. Con un huevo, que regularmente eran de madera o de mármol, se zurcían los calcetines.
Cierto, corregí sonrojado.

Y prosiguió su cátedra sobre el zurcido… Antes, las medias eran muy costosas y no las hacían de “useseytirese” como las de ahora.
Un nuevo comentario entró al ruedo de otra participante:
…me acuerdo de la raya de atrás de las medias.
¡Uy!, dije para mis adentros recuerdos lujuriosos, esto si que se está poniendo bueno.
Estas rayas se pintaban en la parte posterior de las piernas.
¡Cómo! Volví a levantar la voz, ¿Qué no eran parte de las medias?
No, me dijo la viejita. Con mucho cuidado se pintaban con un pequeño pincel.
Yo quiero ser pintor, pensé, continuando con mi desatada lujuria interna.

Antes, inquirió otra senil participante, no había pantimedias, las medias de sujetaban a una liga o liguero.
Síganle, síganle, queridas expertas en zurcidos.
Y de pronto, mi compañera gerontóloga sacó la segunda tarjeta.
¡No me hagas eso, por favor!, no me cortes la inspiración, me dije a mi mismo.

¿Te acuerdas de los tranvías de antes? Se le preguntó a la segunda participante.
Claro, unos venían del centro, otras iban a Mixcoac, recuerdo que eran muy ruidosos.
Interrumpió un caballero participante: Recuerdo que me iba de mosca en la parte trasera de los tranvías y cuando se percataban de mi presencia, me golpeaban los nudillos para que me soltara.
¿Con el tranvía andando?, le pregunte.
Claro, éramos tremendos de chamacos.
Corregí mi preocupación, por el daño que se pudieran causar con esa caída, porque me imaginé que la velocidad de esos tranvías no era la misma que la del tren bala. Ji, Ji, reí socarronamente para mí.
Una alumna un poco más senil que las otras, agregó: Y también había tranvía de mulitas.
Que tierno comentario pensé, casi ya llegamos a los comienzos del mil novecientos. ¡Que viaje imaginario tan ilustrativo!

Y vino la tercera tarjeta.
¿Te acuerdas de las avenidas con camellón?
Y los comentarios entraron a tropel. Si recuerdo la de Cuauhtémoc. La de Bucarelli, la de Reforma, la de Coyoacán.
Y otra más: ¿Se acuerdan del Regente Uruchurtu?
Y más: ¿Se acuerdan de las serenatas?

Y el suspiro de las damas no se hizo esperar.
¡Siiiii!, me acuerdo de mi primer novio, de las serenatas que me llevaba mi esposo, que en paz descanse, que románticas eran. Y a sus caritas se les iluminaron amplias sonrisas.
…“Despierta, dulce amor de mi vida…”. Largo rato nos quedamos con esos recuerdos. Unas lo hacían participe, otras sólo lo lloraban, las menos, se quedaban mudas pensando en aquellos tiempos…

Y la hora llegó a su fin. Los recuerdos volverían a guardarse en la lúcida memoria longeva de los protagonistas. Las lágrimas intrusas se irían a dormir, para dejarle paso nuevamente a los silencios, a la rutina, a la realidad presente de los olvidos…

martes, 3 de febrero de 2009

"Yo creo que es porque no quieren pensar..."


En estos, poco más de tres años, he aprendido muchas cosas de los adultos mayores, principalmente de mujeres jóvenes de la tercera edad. Muy de cerca los he visto llorar y reír, tan cerca, que a veces sus lágrimas se confunden con las mías. Tan cerca, que las risas se oyen a dueto. Mis oídos se han hecho muy receptivos a sus historias, a sus necesidades. Y mis hombros han servido de apoyo a sus angustias.

También me atrevo a creer, que en algunas ocasiones, sus fantasías se han visto representadas en sus húmedos sueños, con despertares juguetones y atrevidos. Pero todo se vale, en el mundo onírico de las sombras, en el mundo real de los atardeceres.

He conocido, tanto gente que apenas estrena su credencial de “ancianidad prematura” del INAPAM, (antes INSEN), como longevos de más de cien. Dos mundos distantes con la misma credencial, pero con realidades, que los hacen hasta incompatibles. Por eso, hablar de adultos mayores, no es hablar de una condición humana que los agrupa, es referirse a una simple cronología de años vividos, que hace muy compleja su apreciación.

A diferencia de los factores comunes de los niños y adolescentes, incluso de los adultos jóvenes, los adultos mayores comprenden tantas diferencias, como ángulos queramos ver. Frases simplistas como: “todos los hombres son iguales”, “las mujeres son difíciles de entender”, “los mexicanos son…”, o refranes deterministas como: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, nos hacen perder de vista las diferencias. No podemos sumar manzanas con peras, aunque ambas sean frutas.

Aprendamos a observar el toque personal que nos distingue. La educación se torna de masas y cuando alguien se sale de los estándares, lo catalogamos como desadaptado.

Pero volviendo al asunto de los adultos mayores, es necesario distinguir peculiaridades que los agrupan. No todos los adultos mayores son seniles, ni todos son incapaces para hacer equis cosa, ni todos cuentan con una gran experiencia y sabiduría, ni todos son un estorbo. Claro que para comprenderlos no tenemos que hacerlo con cada uno de ellos. Podemos agruparlos por características comunes.

La edad y condición física son importantes. Por ejemplo de 60 a 70, muchos conservan energía y fuerzas para valerse por sí mismos. Yo los llamaría: Jóvenes de la 3ra. edad. La seguridad de una pensión digna, les trae tranquilidad en sus vidas, de otra forma sólo angustia y desasosiego. El contar con un espacio propio para vivir, les proporciona la calidez de un hogar, los que no lo tienen, viven en el desamparo. Los asilos, albergues y residencias, los hacen extraños de sus terruños. El contar con una familia cariñosa y comprensiva, los hace sentirse incluidos y aceptados, los que no, son huérfanos seniles. Las enfermedades son compañeras dolorosas e indeseables de su andar, en cambio la salud, les ayuda a caminar erguidos.
Las actitudes les marcan su camino, si es positiva la risa les acompaña, si es negativa su andar es sombrío y triste.

De 70 a 80 años, se forma a veces un espacio para que quepa la adaptabilidad, sabiduría y tiempo de revisión. No tienen que caminar tan rápido como los jóvenes, la lentitud les da sobriedad.

Después de los 80, empiezan las traiciones. La fuerza, las rodillas, los pulmones resollan de gordo. El cuerpo respinga y se niega a veces a seguir el juego de la vida… pero, la función tiene que seguir, y algunos se acostumbran a sus dolores y los hacen de su cotidianidad.

En fin, hay de todo en este tema tan joven de los adultos mayores, que les contaré una anécdota, de la residencia en la que doy un taller de Desarrollo Humano.

Un martes, como todos mis martes por la tarde, llegue a la residencia y varias señoras ancianas estaban plácidamente sentadas en una sala anexa al salón en donde doy la clase. Salude cariñoso como todos los martes y las invite a pasar al salón. Una de ellas, con cara de malos amigos lidero la decisión y se negó a moverse. Pero no solo ella, como cinco señoras que estaban ahí, también se quedaron inmóviles. La líder impávida las miraba sosteniendo sus voluntades y retando mi invitación.

En fin, pase al salón y abrimos el taller con pocas señoras entusiastas. Les pregunté si ellos sabían el por qué de sus compañeras de no querer participar. Y una de ellas me contestó: “Yo creo que es porque no quieren pensar…”

Efectivamente, hay algunos adultos mayores que no quieren pensar, que no quieren reír, en pocas palabras que no quieren vivir, aunque también se dan en otras edades. Pero afortunadamente en mi grata experiencia con adultos mayores, la mayoría me han sorprendido gratamente con su entusiasmo y ganas de participar con la vida. Por eso, mis amigos y amigas, hay Desarrollo Humano para rato. Gracias.